sábado, 9 de mayo de 2026

Jamoncito al Horno: Milei y el Sándwich de las Tres Damas de Hierro.



Pobre Javier. Uno lo ve ahí, viajando por el mundo, codeándose con la élite financiera en el Instituto Milken, sacándose selfies con Lionel Richie, y casi da ternura. Mientras él intenta ser el rockstar del anarcocapitalismo global, acá en casa la cosa se le puso... digamos, intensa. El Presidente parece haber quedado atrapado en el sanguchito más indigesto de la política argentina: de un lado Karina ordena, del otro Patricia desafía, y desde la banquina institucional, Victoria espera. Y en el medio, claro, él. El autoproclamado león, convertido en un tierno jamoncito. 

La gota que colmó el vaso de esta comedia de enredos palaciega tiene nombre y apellido: Manuel Adorni. El vocero, devenido en un “collar de melones” (según las poéticas palabras que se susurran en los pasillos de la Rosada), ha desatado una tormenta perfecta. Las propiedades, la pileta climatizada, la cascada… un escándalo que hace dos meses se devora la agenda y que dejó expuesta la verdadera dinámica del poder libertario. Y adivinen qué: no es tan vertical como nos querían hacer creer.

Karina: La Jefa del Control Remoto.

Mientras Javier busca aplausos en el exterior, “El Jefe” se arremanga. Karina Milei, con su presencia todopoderosa, viajó a San Juan para demostrar que hay vida más allá de Adorni y de paso, marcar la cancha. Se llevó a su séquito karinista, dejó al vocero en casa y se rodeó de gobernadores. Un movimiento de manual: “acá la que maneja la botonera soy yo”. 

Karina es la que ordena el gallinero, o al menos lo intenta. Su estrategia es clara: sacar el foco del escándalo y reafirmar que el poder real sigue pasando por su oficina. Pero claro, cuando la secretaria general siente que le tocan los botones de su consola, la cosa se pone áspera. Y ahí es donde entra la segunda protagonista de este culebrón.

Patricia: La Francotiradora Autónoma.

Patricia Bullrich no está para juegos de sumisión. La ex candidata a presidenta decidió que si el barco hace agua, ella no se va a hundir abrazada al vocero. Con la sutileza de un elefante en un bazar, se mandó por la libre: llamó a Milei para avisarle que no bancaba más a Adorni y al día siguiente fue a la televisión a exigir “papeles con detalles”. Todo esto, por supuesto, sin avisarle ni a Karina ni a la Secretaría de Comunicación. Un “besito, chau” a la verticalidad.

Cuentan que la cara de Karina se desfiguró y que en el entorno libertario la furia era total. Bullrich, con sus años de política encima y sus votos propios, dice en voz alta lo que muchos funcionarios piensan pero no se animan a murmurar ni en el baño. Su jugada es un mensaje clarísimo de autonomía: “los necesito, pero no soy su empleada”. Y mientras tanto, los trolls de Karina le devuelven gentilezas en Twitter con fotos de Abbondanzieri ("Qué guerrero el pato"). Hermoso clima laboral.

Victoria: La Esfinge Nacionalista.

Y después está Victoria Villarruel. La vicepresidenta no necesita gritar ni pedir renuncias; le alcanza con el arte de la aparición inoportuna y el comentario mordaz. Mientras Adorni intentaba explicar las reformas de su casa, Victoria lanzó un tuit que era pura poesía venenosa: “Una cascada de éxitos”. ¡Pum! Directo al mentón.

Villarruel observa el desgaste desde su trinchera en el Senado, armando su propia agenda y recorriendo el país. Su mensaje es claro: en 2023 se votó una fórmula mixta. Milei será el anarcocapitalista que vive en EE.UU., pero ella es la “nacionalista productivista” que duerme abrazada a la bandera argentina. Es la astilla constante en el zapato del relato oficialista, esperando pacientemente su turno mientras ve cómo los demás se desgastan.

Rumbo a 2027: El Tablero Tiembla.

En definitiva, las “damas de hierro” le están mostrando a Milei verdades muy incómodas. Karina intenta un control total que se le escurre entre los dedos; Patricia marca la cancha con independencia feroz; y Victoria construye su propia figura desde la crítica silenciosa (y no tanto). 

Y en el medio de esta tormenta, un Presidente que tiene que salir a gritar “el presidente soy yo” para que no se olviden. Faltan tres años para el 2027, y el ecosistema libertario ya parece una interna de consorcio donde nadie se soporta. Mientras tanto, el “jamoncito” sigue en el medio, esperando que alguien lo saque del horno antes de que se pase de cocción.

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