viernes, 5 de septiembre de 2025

un cuento semi real de San Pedro de Jujuy

El Abogado Desolado y la Ciudad Olvidada

De El Sampedreño

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La oficina de Don Julio olía a papel viejo y a soledad. El polvo bailaba en los pocos rayos de sol que se colaban por la ventana, iluminando los lomos de libros que nadie tocaba. El teléfono, mudo, era un monumento a la ausencia. Don Julio, con el ceño fruncido, repasaba una y otra vez el mismo expediente, como si esperara encontrar algo nuevo en sus páginas amarillentas. La puerta se abrió con un chirrido familiar. “Julio, amigo, ¿otra vez perdido en el desierto de expedientes sin caso?”, dijo Morales, con una sonrisa que intentaba ser contagiosa. “San Pedro necesita gente como vos, gente honesta. Tenés lo que se necesita para cambiar esto.” Don Julio levantó la vista, una chispa apenas perceptible encendiéndose en sus ojos cansados.

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La plaza principal de San Pedro, antes un remanso tranquilo, ahora vibraba con la energía de la campaña. Don Julio, de pie sobre un modesto estrado improvisado, sostenía un micrófono con firmeza. Su voz, al principio un poco temblorosa, ganó fuerza con cada palabra. “¡Prometo una gestión honesta! ¡Ni un solo familiar mío tocará un peso del erario público!”, resonó, y la multitud, cansada de las promesas vacías, lo escuchaba con una mezcla de escepticismo y una tenue esperanza. Los ojos de la gente, antes apagados, ahora brillaban con una expectativa casi olvidada. El aroma a jazmines de la plaza se mezclaba con el de la esperanza que flotaba en el aire.

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Las urnas hablaron. La noche de la victoria, el brillo en los ojos de Don Julio ya no era una chispa, sino un fuego. Su sonrisa, que antes era una expresión de cansancio, ahora se estiraba, un poco más ancha, un poco más segura. Morales lo abrazó con efusividad. “¡Lo lograste, Julio! ¡Sabía que podías!”, exclamó. Don Julio asintió, pero su mirada ya no estaba en Morales, ni en la gente que lo vitoreaba. Estaba fija en el horizonte, en el edificio de la Municipalidad, como si ya estuviera calculando cada ladrillo, cada pasillo, cada rincón de ese poder que ahora era suyo. Un escalofrío, casi imperceptible, recorrió la espalda de Morales.

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La promesa de campaña se desvaneció como humo. La puerta de la Municipalidad, antes abierta a la ciudadanía, ahora parecía un portal a un reino privado. Ramiro, el mayor, con su aire despreocupado, se instaló en la Secretaría de Obras Públicas. Silvana, la del carácter fuerte, tomó las riendas de la Dirección de Tránsito. Ezequiel, el más joven y astuto, se encargó de la coordinación de nuevos proyectos. Los pasillos, antes llenos de empleados dedicados, ahora resonaban con las risas y los chismorreos de parientes y amigos, todos con flamantes nombramientos. Los viejos empleados se miraban entre sí, las cejas levantadas, el silencio pesado en el aire.

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Las calles de San Pedro, que antes olían a tierra mojada y a flores, ahora apestaban a asfalto roto y a basura acumulada. Los baches se multiplicaban como plagas, y las veredas se desmoronaban. Ramiro, al frente de su constructora familiar, se encogía de hombros ante las quejas. “Son cosas que pasan, ¿no?”, decía con una sonrisa cínica, mientras los camiones de su empresa, recién comprados con fondos municipales, transportaban materiales a obras privadas. El asfalto nuevo, prometido con bombos y platillos, nunca llegaba a los barrios más necesitados, mientras que las avenidas principales, donde vivían los allegados, brillaban con un pavimento impecable.

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El silbato de los agentes de tránsito se había convertido en la banda sonora del miedo en San Pedro. Silvana, con su uniforme impecable y una mirada de acero, había transformado a sus hombres en una fuerza de recaudación. “¡Motos al corralón!”, gritaba uno de ellos a un joven asustado, mientras le quitaban su vehículo por una infracción menor. Los impuestos a la gasolina, antes inexistentes, ahora sangraban los bolsillos de los ciudadanos. El aire se sentía pesado, cargado de la frustración de los conductores y el temor de los peatones. El aroma a café y pan de las mañanas fue reemplazado por el hedor a nafta y el ruido constante de las bocinas indignadas.

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La plaza San Martín, antes el corazón vibrante de San Pedro, ahora era un lugar de encuentro para la indignación. Un anciano, Don Genaro, intentaba cruzar la calle con su bastón, cuando un agente de tránsito, uno de los hombres de Silvana, lo detuvo bruscamente. “¡No puede cruzar por aquí, viejo! ¡Multa!”, espetó el oficial, con un tono de voz que resonó en el silencio tenso. Don Genaro, con los ojos llenos de confusión y miedo, balbuceó una disculpa. Pero el agente, impasible, comenzó a escribir la multa. Un joven, escondido detrás de un árbol, levantó su celular. El video, tembloroso al principio, capturó la humillación del anciano, la prepotencia del oficial. El terror del que grababa se sentía en cada movimiento de la cámara.

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El video de Don Genaro se propagó como un incendio forestal. Las redes sociales de San Pedro explotaron con la indignación. “¡Corruptos!”, “¡Abusadores!”, “¡Fuera Don Julio!”, se leía en cada comentario, cada publicación. Los videos de calles destrozadas, de motos incautadas, de quejas desesperadas se multiplicaban. Don Julio, sentado en su despacho, golpeó la mesa con el puño. “¡Son unos ingratos! ¡Unos agitadores!”, bramó, con el rostro rojo de ira. En lugar de dar explicaciones, ordenó a sus agentes perseguir a los críticos, silenciar las voces disidentes. Pero el torrente de indignación era demasiado grande para ser contenido.

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El día de las elecciones, un silencio tenso cubría San Pedro. La gente, con los rostros serios, se dirigía a las urnas. Don Julio, al entrar al colegio electoral, sintió las miradas. No eran de admiración, ni de respeto. Eran miradas frías, de desprecio, de decepción. Sus vecinos, los mismos que lo habían vitoreado años atrás, ahora desviaban la vista, se daban la vuelta. Nadie le sonrió. Nadie le dirigió la palabra. El aire se sentía denso, cargado de un juicio silencioso. Al final del recuento, la derrota fue aplastante. Un terremoto, no de tierra, sino de voluntades, lo había derribado.

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El auto de Don Julio se alejaba de San Pedro bajo un cielo plomizo. El pueblo, que una vez lo había recibido con esperanza, ahora lo despedía con el silencio de un repudio colectivo. Por el retrovisor, Don Julio vio cómo los edificios se hacían más pequeños, las calles se desdibujaban.

No vio la ciudad que había arruinado, con sus baches y su basura, con sus plazas vacías y sus monumentos olvidados. Solo vio su propio reflejo, un hombre canoso con una expresión vacía, el brillo de la ambición apagado, reemplazado por la amargura de la derrota. El olor a nafta y el ruido de los autos esquivando baches se desvanecieron, dejando un vacío ensordecedor.

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